Suele sucederme que cada vez que veo un libro cuya portaba
resulta agradable a mis sentidos, me invaden las ganas de comprarlo o incluso
tomarlo sin que nadie se entere. Imagino un lugar fresco, preferiblemente donde
pueda escuchar el suave recorrer del agua, luego sentarme, leer lo que sea que
haya adquirido y no ponerme de pie hasta haber rumeado el último punto que
anuncia el término del libro. Bien, esto no pasa. No me considero un lector
juicioso, tampoco tengo un hábito esporádico. Aunque no tengo espacios, no me
gusta leer en cualquier superficie. Solo exploro la posibilidad de leer lo que
me gusta, me atrae y recomiendan. Esta última es la menos probable, debido a
los intereses de quien lee y sugiere.
Mi propósito aquí es comentar por qué realicé esta entrada. Pues
nada, aquí tienen. No fue un día como hoy, y no sé cuándo fue, solo recuerdo
que estaba en mi casa sentado frente al televisor prestado que reposa en mi
habitación esperando que se hiciera más tarde para poder dormir. De repente,
sale saltando del TV un programa en el que informan situaciones que atañen a
nuestro país, con algunos testimonios, claro. Esa noche, era el turno de un
escritor sonsoneño (Carlos Framb) que había asistido la muerte de su madre,
pues esta quería regalarse a sí misma una muerte digna en vista de que ningún
hospital o clínica lo iba a hacer. Entre otras cosas, menciona los problemas
legales que tuvo por eso y las acusaciones por parte del gobierno, vamos, que
en otros términos él era un homicida. Por su parte, la entrevistadora alude el
libro que el señor Framb había escrito contando la relación con su madre y
todos los prolegómenos sobre su suicidio o como bellamente dice “partir, emigrar”. El caso estuvo muy
interesante, pero no le presté atención a lo que realmente debía: el nombre del
libro.
En vista de que desconocía el nombre del capítulo de este
programa, fue muy difícil volver a él. Pasó casi un año tratando de recordar el
nombre de ese señor. En cada intento, solo pensaba en una fruta, y en mi mente
se conjugaban palabras sin resultados exitosos. “Cerezas”, “fresas”, o “piñas” y
“mangos” cuando ya me enojaba. Apuesto que el lector no se interesó por buscar
el significado de la palabra prolegómenos. No sé el lector, pero tengo la
particularidad de recordar aspectos de mi vida en un espacio que no tiene nada
que ver con la remembranza, sin importar cuánto tiempo haya pasado, y sin
siquiera incitarlo. Y así fue, vino a mí como un rayo de luz el término Framb. Quizá, sí haya alguna relación
íntima entre el lugar y el recuerdo, pero soy muy flojo para hacer regresiones.
Inmediatamente supe qué me estaba diciendo mi mente y anoté para luego indagar.
Carlos Henao Alzate, quien cambió su apellido por una especie de apócope de la
palabra Frambuesa, era la persona que
había buscado por tanto tiempo, y que por fin mi mente atisbó.
Procedí a buscar el libro en la biblioteca de la Universidad
y en efecto logré conseguirlo. No lo pude leer al instante, pues alguien ajeno
a mi saber lo había prestado. Pero estaba feliz, sí señores, por fin iba a conocerlo. Actualmente está conmigo, lo leo todos los días, y me devuelvo si lo
creo conveniente, pues no es la mera historia de un hombre que “suicida” a su
madre por propio amor. Me hace reflexionar mucho sobre el gran afecto que se
puede tener por la madre, por esa negrita preciosa que bien reprende para
corregir y enseña también a vivir sin ella. No recuerdo los muertos que no me
duelen, pero me duelen los muertos que no conozco. He sentido el dolor
expresado en el libro; comprendo que la muerte trasciende lo físico y se
expresa en el olvido, y se expresa sin explayarse. Nada dura para siempre,
decían los de Guns N’ Roses y el señor Framb con su Del otro lado del jardín lo invoca tanto en la ausencia de su
madre, como en otros aspectos: una iglesia, los amigos, la estancia.





