domingo, 30 de octubre de 2016

Patina la vida


¿Por qué patinar es el mejor hobby?

Si sientes que no soportas más quedarte en casa lavando platos, ¡sal a patinar!
Si sientes que tu vida se escurre en el embudo vacío de tu habitación, ¡sal a patinar!
Si sientes que la televisión ya ha sacado lo peor de tus pensamientos, ¡sal a patinar!
Si tienes un amigo con bicicleta, ¡sal a patinar!
Si estás enamorado/enamorada, ¡sal a patinar!


Considerar que este deporte junta convenientemente lo mejor de caminar y la velocidad divina del viento se ha convertido en mi mejor pasatiempo. El patinaje es más que un ritmo artístico: es imaginar conducir la propia existencia sobre unas ruedas que despegan suave o bruscamente dependiendo de mi pasión. Es uno de los mejores ejercicios de concentración para aquellos que le reducen a un movimiento de brazos y piernas. Es el ansia misma del cuerpo por la libertad y por el miedo excitante de tropezar. 

domingo, 23 de octubre de 2016

No ser es ser algo más


Provengo de Apartadó, el lugar donde hasta el calor te quiere, y por eso te abrasa. Al igual que muchas personas, cada palabra que conforma mi nombre completo esconde una historia, pero mi caso sigue siendo particular y advierto entonces que me limitaré a esbozarlos. En Apartadó, zona bananera de Colombia, adherida al departamento de Antioquia, región urabaense que ha pensado y pedido su independencia a raíz de la negligencia y egoísmo de la capital (Medellín), es muy común registrar a los hijos con el nombre de un familiar fallecido en un tiempo relativamente poco (en caso que fallezca uno, pues de lo contrario, solo se procede a rebuscar un nombre), y “casualmente” es el segundo nombre donde se encaja. Así, David fue un hermano de mi madre, asesinado a causa de la violencia que ha sabido azotar a la entonces triste región del Urabá. ‘Acosta’ proviene de la costa, del departamento de Córdoba, por lo menos el nuestro (apellido). La familia de mi papá es principalmente de dicho lugar, aunque en Bolívar se inicia la ascendencia cercana.

Por el lado materno, debo decir que el ‘Jiménez’ parece ser muy paisa, no obstante ese término en mi extensa familia es tan útil y pragmático como las patadas de un ahogado. Mi abuela materna y todo lo que hubo antes de ella fue patente del Chocó. Hemos sido criados como un híbrido entre los costeños y los chocoanos, lo cual se dibuja en nuestra comida, gustos, estilos de vida, concepción de la vida misma y de la familia. Nos gusta desayunar pescado y comer patacones, ojo con plátanos y bananos de la zona (no esos que salen del Quindío), comemos arepa cuando cocinar nos da pereza, chontaduro, coco y pato, cuando se nos antoja, la playa es nuestro destino fiel, el río siempre aguarda los festivos, las fiestas se organizan sin una razón propia de festejo ni permiso, los sancochos se preparan en fogón de leña en plena calle y el vallenato, la salsa, el bunde y el bullerengue nos hacen bailar sin necesidad de estar de pie.

Es preciso reconocer que los que pertenecemos a las dos últimas generaciones de mi familia, no somos costeños ni chocoanos (aunque tanto lo queramos), tampoco nos consideramos paisas por el hecho de pertenecer al departamento de Antioquia. Preferimos llamarnos urabaenses o antioqueños, una mezcla no homogénea que permite que en una zona tan pequeña se encuentren más de tres acentos.  

Esta entrada ha sido muy especial, y he querido compartir concretamente una de las razones por las que pienso que ser antioqueño no me hace necesariamente acreedor de la cultura paisa, pues pensar de esta manera me ha hecho incluso recibir quejas y agresiones verbales –¡Separatista! ¡Regionalista!- por mencionar las más decentes, provenientes de conversaciones ("diálogos pacíficos") en la que yo solo expongo mi punto de vista cuando me preguntan. No voy por la vida con un reflector que dice: “¡Oye, no soy paisa!” aunque no tengo problema alguno con ser uno, es solo cuestión de principios (génesis).


domingo, 16 de octubre de 2016

El día que Lucía se enamoró


Una gran población (de individuos) ha afirmado a partir de sus relaciones que todos merecen una segunda oportunidad. Dichos ideales van trascendiendo la razón y terminan por transgredir lo que en principio con ayuda de la televisión, los libros y demás artefactos se había instaurado como filosofía personal. Como el clima de esta ciudad, por un momento todo cumple las expectativas del ciudadano promedio: tranquilidad. De repente, se tuerce el pacifismo que aclamaba la luz del sol tan solo para entablar una estrecha relación con los rayos que paren un trueno anunciando vehementemente que el mal está por venir. Allí, declaran que no a todos se les concede una segunda oportunidad.

Lucía es un poco ingenua, más bien tonta. No sabe qué es enamorarse, así que se confunde entre el aprecio que tiene por alguien que le regala una barra de chocolate y el agradecimiento hacia un cajero que le sonríe y la saluda porque así lo exige su contrato. Sí, es tonta, pero excelente nieta. Aunque ha tenido tres novios, ha descubierto que nunca se ha enamorado. No es tan tonta, al parecer. Afirma que cada novio era la representación fidedigna de la carencia filial que la había desgraciado. 

El primer novio era una especie de abuelo materno, aquel que la llamaba ‘mijita’ y nunca salía a bailar a discotecas porque su religión no se lo permitía. Las ganas no eran su problema, por el contrario, se sentía culpable de solo pensar que podría besarla en la boca sin enfrentar de cara las consecuencias y castigos por parte de la absurda iglesia al que estaba sometido. El segundo, era como un hermano menor con condiciones cognitivas nada favorables, siendo ella la que se encargaba de cuidarlo incluso desde la lejanía que tanto la absorbía. Era probable que la única preocupación que poseía fuera que alguna vez su novio prefiriera los cuidados de una enfermera sensual y se olvidara de su ‘bonita relación’. El último, el tercero, era como el padre que solo tuvo en su registro de nacimiento y que la maltrataba por no querer acostarse con él. La pobre Lucía creía que era normal que un padre golpeara a su hija a causa de la desobediencia, razón con algo de zozobra que le impedía separarse de su más ‘fiel’ figura paterna. 


La abuela de Lucía, una señora perspicaz con cataratas, conocía cada relación de su nieta y la castigaba con tardes de discursos de vida a sabiendas de que quizá no encontraría por lo menos un hombre que no intentase aprovecharse debido a su escasa voluntad. Así, siempre le decía: “hay relaciones que es mejor dejarlas en el recuerdo, y tú sí que tienes qué recordar. La vida te da oportunidades, y no es una opción saber aprovecharlas. Imagina, es como el libre albedrío que nuestro señor nos da. Tenemos la facultad de saltar y dedicar nuestra vida al cumplimiento de los placeres, pero al final, igual nos han de castigar por no hacer lo que debíamos y lo que tú debes hacer ahora es enamorarte de ti para poder ser capaz de querer a alguien más”. La chica, que entendió solo la mitad de la homilía de su abuela, tardó treinta años en comprender el amor profesado a sí misma y se enamoró de la muerte cuando esta le prometió serle fiel para toda la eternidad.   

domingo, 9 de octubre de 2016

No lo creas, pero es cierto.


Vivir no es fácil, pero tampoco es un imposible si se piensa que siempre hay alguien peor que uno. Como seres humanos, estamos expuestos a millones de enfermedades que nos podrían quitar la vida en sólo un segundo, sin mencionar las situaciones que nos rodean, lo que en un ‘minutico’ puede pasar: una bala pérdida, un accidente automovilístico, una explosión, el derrumbamiento de una estructura física, en fin, muchas cosas que son, en su mayoría,  impredecibles. Contra esta problemática solo queda una solución que sorpresivamente ayuda a contrarrestar lo que hay, y no hablo de vivir cada día cómo si fuese el último día. Me permito entonces contemplar una idea mejor y es tener la esperanza de que habrá otro día, un nuevo amanecer, que tal vez sirva para enmendar los errores del día anterior, pues se debe disfrutar con responsabilidad, con consciencia, no como cabras locas, aunque al decir “cabras”, se sobre entiende que me estoy refiriendo a un estado mental poco normal.  

Siempre me ha gustado admirar el universo sobre la simplicidad de mis zapatos, la infinitud del cielo, que en unas ocasiones nos abraza, y que en otras nos abrasa. Recuerdo que estando en mi pueblo todas las noches me quedaba horas afuera, de pie, recostado en una de las rejas de la casa en la que solía vivir (con humor afirmo que no es mía, aún no), con la mirada puesta fijamente en las estrellas y el oído atento, escuchando lo que sólo el espíritu puede oír, la sinfonía de la oscuridad, de la puesta de la luna, reflexionando sobre mis actos, sobre lo que había hecho en el transcurso del día, sobre lo que había dicho y escuchado. Hace rato que no lo hago, pues hace rato que no vuelvo a mi pueblo, y créeme querido lector que en ésta gran ciudad (Medellín) no lo puedo hacer, a menos que vaya y me trepe a uno de los cerros tutelares a las 12 de la noche, pero no estoy tan loco, todavía quiero conservar mi integridad física y emocional, no quiero que me roben. Desde el lugar donde vivo tampoco lo puedo hacer, pues si salgo y lo hago me esperan dos posibilidades, la primera es un gran fracaso en mi concentración, pues la carrera de los individuos y sus máquinas poco ecológicas con chiflidos azarosos no me permitirían alcanzar la cúspide del cielo con mi imaginación. La segunda, es que en medio de mi meditación, una gota de agua poco dulce me despierte y me haga querer bañarme afuera para luego contraer un resfriado.


Me fascina caminar, aquí siempre lo hago, en el recorrido de mi casa a la universidad y de la universidad a la casa. He encontrado placer en caminar si destino ni razón, pues caminando es cuando descubro mis incomodidades y desalientos, mis disgustos. Sin embargo, desvelo también mis determinaciones, razones sin juicio para la mayoría que en lugar de pensar cuando caminan, caminan por inercia mientras hay en sus oídos una serie de letras con patrones rítmicos y sus pies llegan al destino sin reducir sus horizontes a la dirección de la vista. 

domingo, 2 de octubre de 2016

El famoso plebiscito


Hoy es un día perfecto para quedarse durmiendo hasta las 15, lo cual cuestiona el mismo pensamiento, pues si estoy aún durmiendo, ¿cómo sé que hoy es un buen día para seguir durmiendo?

Desde hace un par de semanas aproximadamente, nuestro país ha sido el titular de un gran número de periódicos nacionales e internacionales, en especial aquellos europeos. Al parecer, no solo a Colombia le interesa el fin (no de la guerra) del grupo subversivo más antiguo del país –y del continente-, también a la región latinoamericana y al mundo mismo. Me quedo pensando que la paz se ha convertido en un concepto un poco relativo e inacabado. “Todo depende”, “No creo que gane el sí”, “No saldré a votar”, “Todos hablan de política, y esa gran mayoría es pura m***da”, “Yo sé que ganará el no, la gente ya se aburrió de las mentiras”, “Nunca gana lo que yo voto”, “En este país quieren que todos seamos homosexuales” –sinceramente no sé a qué viene esta última-, estas y otras frases son las que he podido rescatar de la sabiduría popular contenida en los caminos que transito en esta ciudad. Yo no sé qué pasará, pero temo que cualquier decisión sea peligrosa a corto o largo plazo.


Madrugo porque asumo mi responsabilidad como ciudadano, así como asisto sagradamente la hora de la cena. Es imprescindible comprender que si tengo la posibilidad, el privilegio y la autoridad para votar, entonces debo hacerlo, de lo contrario solo se restará el concepto de ‘país demócrata’ y no quedará más que conformarme con el resultado que otros han elegido para mí, pues no seré ajeno a esto aunque así lo prefiera.