Hasta ahora puedo decir que mi curiosidad propende a escuchar
todo lo que ha acontecido a mi familia. Por familia, no me refiero solo al
núcleo al que pertenezco, sino a todo lo que viene en caída libre desde mi
abuela materna. Muertes insuperables, tragedias, soledades; todo un cuento que
ha permitido crear tardes caseras valiosas pero finitas donde las
conversaciones descubren debilidades y desbordan la fuente de la memoria.
Aquella memoria, perpetúa los recuerdos mediante palabras y explora en el
pasado sin importar el paso del tiempo, el sesgo del recuerdo o incluso la
sugestión de quien relata.
Imagino todo lo que cuentan. Imagino y visualizo en mi mente
tratando de recordar el momento en cuestión como si yo hubiese sido parte de
ese pasado. También veo a las personas con un aspecto físico más joven, cuya
capacidad es procreada a partir de las fotos que han pasado por mis manos y en
la cual están representadas tales personas. Las visualizo en blanco y negro la
mayoría de las veces. Otras, a color, pero no tan nítido.

Es acto especial y bonito poder sentarme a escuchar las
diversas situaciones que acaecieron a mis ascendientes lejanos y cercanos. Poder
preguntar por qué una cosa, y por qué tal otra, qué hubiera pasado si… y
suspenderme del mundo exterior concentrándome en las respuestas, me ha ayudado
a inferir los resultados y estados actuales de algunos miembros de mi familia
numerosa. Tanto así, que me ha entrado el afán de realizar una especie de libro
que contenga la biografía de cada miembro, o bien un árbol genealógico mientras
tenga la posibilidad de hacerlo, y antes de que estos –incluso yo-dejen de
soñar. Por ahora tengo ideas, mas no sé cómo trascender la creencia de que cada
hoja es una persona, o encontrar una metáfora innovadora para evitar precisamente
que cada hojita perezca y sea llevada por el viento.
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