domingo, 31 de julio de 2016

Hablar para persuadir



Esta semana descubrí que como buen colombiano olvido con mucha facilidad los problemas y momentos incómodos de mi vida. Olvido que alguien le ha hecho daño a mi corazón (o a mi hígado, o a mi cerebro, debo resolver esa incógnita) y simplemente paso por alto las ofensas. No suelo leer la Biblia ni puedo afirmar ser un buen cristiano, pero sí puedo decir que he tomado el sagrado libro de las escrituras en varios momentos de mi vida y he encontrado respuestas que por supuesto he estado buscando y así he podido comprender muchos aspectos de la realidad misma y de aquella que vive cada persona en su imaginación y en el contacto con sus semejantes. De las cosas más hermosas y geniales que expone la Biblia, resalto la de pasar por alto las ofensas, y realmente no tuve que leer eso antes para aplicarlo, solamente reafirmé la importancia de este acto muy común en mí.

Las relaciones humanas no son fáciles, y más si solemos elegir con qué complicarnos la existencia. No en vano muchos prefieren a un gato o a un perro como compañía, ya que estos no necesitan del habla para demostrar sus sentimientos y tampoco hacen más difícil lo que comúnmente denominamos relaciones. En este caso no serían relaciones interpersonales, es más chistoso llamarle ‘relaciones interanimales’. Quizá para mí sea más fácil calmarme, reflexionar y perdonar antes que odiar y no permitir un diálogo que posiblemente trascenderá la condición de humanos. Recuerdo que alguien una vez me dijo que escuchar es peligroso, pues te pueden convencer, y justo fue esto lo que me sucedió.




Un buen amigo me mintió sin necesidad alguna (para mí, claro) y me involucró en una situación relacionada con dinero robado de la que yo no tenía ni la más mínima idea. Yo descubrí su red de verdades ficticias por medio de un chat pero no hice ningún reclamo ni emití quejas, eso se lo dejo a las novias feas. Además, me costaba creer algo tan surrealista y decidí esperar a que me contara todo. Él se encargó de elaborar una serie de juramentos que no permitieran una mal-interpretación de mi parte y me dijo que tuvo que “mentir un poquito” para quedar bien ante sus padres, y que por supuesto, yo no tenía nada que ver, que él solo estaba jugando para que la gente no preguntara tanto. Luego, me explicó emocionado que sus padres estaban conscientes de que el dinero dado por ellos sería destinado para un proyecto/negocio de la Universidad. Yo le creí, total, no obtenía beneficios ni pérdidas de ese “negocio” mal fundado. 

Su imagen es muy importante, o al menos eso piensa el pobre. Casi tres meses después, su mamá me preguntó qué había hecho con el dinero. Me quedé en blanco. Resulta ser que el susodicho se atrevió a robar a sus propios padres argumentando que el dinero era para una deuda mía y que yo no sé qué cuentos más. Al ver que yo no pagaba “el dinero que me habían prestado” la madre se atrevió a preguntarme un poco disgustada para luego resolver que solo habían prestado cierta cantidad de dinero porque tenían más confianza en mí que en su propio hijo. Aquello se debía a la falta de comunicación en su relación familiar, lo cual es triste y vergonzoso. Ellos son solo cuerpos que habitan la misma casa. 

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