Esta semana descubrí que como buen
colombiano olvido con mucha facilidad los problemas y momentos incómodos de mi
vida. Olvido que alguien le ha hecho daño a mi corazón (o a mi hígado, o a mi
cerebro, debo resolver esa incógnita) y simplemente paso por alto las ofensas.
No suelo leer la Biblia ni puedo afirmar ser un buen cristiano, pero sí puedo
decir que he tomado el sagrado libro de las escrituras en varios momentos de mi
vida y he encontrado respuestas que por supuesto he estado buscando y así he
podido comprender muchos aspectos de la realidad misma y de aquella que vive
cada persona en su imaginación y en el contacto con sus semejantes. De las
cosas más hermosas y geniales que expone la Biblia, resalto la de pasar por
alto las ofensas, y realmente no tuve que leer eso antes para aplicarlo,
solamente reafirmé la importancia de este acto muy común en mí.
Las relaciones humanas no son
fáciles, y más si solemos elegir con qué complicarnos la existencia. No en vano
muchos prefieren a un gato o a un perro como compañía, ya que estos no
necesitan del habla para demostrar sus sentimientos y tampoco hacen más difícil
lo que comúnmente denominamos relaciones. En este caso no serían relaciones
interpersonales, es más chistoso llamarle ‘relaciones interanimales’. Quizá
para mí sea más fácil calmarme, reflexionar y perdonar antes que odiar y no
permitir un diálogo que posiblemente trascenderá la condición de humanos.
Recuerdo que alguien una vez me dijo que escuchar es peligroso, pues te pueden
convencer, y justo fue esto lo que me sucedió.

Un buen amigo me mintió sin
necesidad alguna (para mí, claro) y me involucró en una situación relacionada
con dinero robado de la que yo no tenía ni la más mínima idea. Yo descubrí su
red de verdades ficticias por medio de un chat pero no hice ningún reclamo ni
emití quejas, eso se lo dejo a las novias feas. Además, me costaba creer algo
tan surrealista y decidí esperar a que me contara todo. Él se encargó de
elaborar una serie de juramentos que no permitieran una mal-interpretación de mi
parte y me dijo que tuvo que “mentir un poquito” para quedar bien ante sus
padres, y que por supuesto, yo no tenía nada que ver, que él solo estaba
jugando para que la gente no preguntara tanto. Luego, me explicó emocionado que
sus padres estaban conscientes de que el dinero dado por ellos sería destinado
para un proyecto/negocio de la Universidad. Yo le creí, total, no obtenía
beneficios ni pérdidas de ese “negocio” mal fundado.
Su imagen es muy importante,
o al menos eso piensa el pobre. Casi tres meses después, su mamá me preguntó
qué había hecho con el dinero. Me quedé en blanco. Resulta ser que el susodicho
se atrevió a robar a sus propios padres argumentando que el dinero era para una
deuda mía y que yo no sé qué cuentos más. Al ver que yo no pagaba “el dinero
que me habían prestado” la madre se atrevió a preguntarme un poco disgustada
para luego resolver que solo habían prestado cierta cantidad de dinero porque
tenían más confianza en mí que en su propio hijo. Aquello se debía a la falta
de comunicación en su relación familiar, lo cual es triste y vergonzoso. Ellos
son solo cuerpos que habitan la misma casa.
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