domingo, 9 de octubre de 2016

No lo creas, pero es cierto.


Vivir no es fácil, pero tampoco es un imposible si se piensa que siempre hay alguien peor que uno. Como seres humanos, estamos expuestos a millones de enfermedades que nos podrían quitar la vida en sólo un segundo, sin mencionar las situaciones que nos rodean, lo que en un ‘minutico’ puede pasar: una bala pérdida, un accidente automovilístico, una explosión, el derrumbamiento de una estructura física, en fin, muchas cosas que son, en su mayoría,  impredecibles. Contra esta problemática solo queda una solución que sorpresivamente ayuda a contrarrestar lo que hay, y no hablo de vivir cada día cómo si fuese el último día. Me permito entonces contemplar una idea mejor y es tener la esperanza de que habrá otro día, un nuevo amanecer, que tal vez sirva para enmendar los errores del día anterior, pues se debe disfrutar con responsabilidad, con consciencia, no como cabras locas, aunque al decir “cabras”, se sobre entiende que me estoy refiriendo a un estado mental poco normal.  

Siempre me ha gustado admirar el universo sobre la simplicidad de mis zapatos, la infinitud del cielo, que en unas ocasiones nos abraza, y que en otras nos abrasa. Recuerdo que estando en mi pueblo todas las noches me quedaba horas afuera, de pie, recostado en una de las rejas de la casa en la que solía vivir (con humor afirmo que no es mía, aún no), con la mirada puesta fijamente en las estrellas y el oído atento, escuchando lo que sólo el espíritu puede oír, la sinfonía de la oscuridad, de la puesta de la luna, reflexionando sobre mis actos, sobre lo que había hecho en el transcurso del día, sobre lo que había dicho y escuchado. Hace rato que no lo hago, pues hace rato que no vuelvo a mi pueblo, y créeme querido lector que en ésta gran ciudad (Medellín) no lo puedo hacer, a menos que vaya y me trepe a uno de los cerros tutelares a las 12 de la noche, pero no estoy tan loco, todavía quiero conservar mi integridad física y emocional, no quiero que me roben. Desde el lugar donde vivo tampoco lo puedo hacer, pues si salgo y lo hago me esperan dos posibilidades, la primera es un gran fracaso en mi concentración, pues la carrera de los individuos y sus máquinas poco ecológicas con chiflidos azarosos no me permitirían alcanzar la cúspide del cielo con mi imaginación. La segunda, es que en medio de mi meditación, una gota de agua poco dulce me despierte y me haga querer bañarme afuera para luego contraer un resfriado.


Me fascina caminar, aquí siempre lo hago, en el recorrido de mi casa a la universidad y de la universidad a la casa. He encontrado placer en caminar si destino ni razón, pues caminando es cuando descubro mis incomodidades y desalientos, mis disgustos. Sin embargo, desvelo también mis determinaciones, razones sin juicio para la mayoría que en lugar de pensar cuando caminan, caminan por inercia mientras hay en sus oídos una serie de letras con patrones rítmicos y sus pies llegan al destino sin reducir sus horizontes a la dirección de la vista. 

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