Vivir no es fácil, pero tampoco es un imposible si se piensa
que siempre hay alguien peor que uno. Como seres humanos, estamos expuestos a
millones de enfermedades que nos podrían quitar la vida en sólo un segundo, sin
mencionar las situaciones que nos rodean, lo que en un ‘minutico’ puede pasar: una
bala pérdida, un accidente automovilístico, una explosión, el derrumbamiento de
una estructura física, en fin, muchas cosas que son, en su mayoría, impredecibles. Contra esta problemática solo
queda una solución que sorpresivamente ayuda a contrarrestar lo que hay, y no
hablo de vivir cada día cómo si fuese el último día. Me permito entonces
contemplar una idea mejor y es tener la esperanza de que habrá otro día, un
nuevo amanecer, que tal vez sirva para enmendar los errores del día anterior,
pues se debe disfrutar con responsabilidad, con consciencia, no como cabras
locas, aunque al decir “cabras”, se sobre entiende que me estoy refiriendo a un
estado mental poco normal.
Siempre me ha gustado admirar el universo sobre la
simplicidad de mis zapatos, la infinitud del cielo, que en unas ocasiones nos
abraza, y que en otras nos abrasa. Recuerdo que estando en mi pueblo todas las
noches me quedaba horas afuera, de pie, recostado en una de las rejas de la
casa en la que solía vivir (con humor afirmo que no es mía, aún no), con la
mirada puesta fijamente en las estrellas y el oído atento, escuchando lo que
sólo el espíritu puede oír, la sinfonía de la oscuridad, de la puesta de la luna,
reflexionando sobre mis actos, sobre lo que había hecho en el transcurso del
día, sobre lo que había dicho y escuchado. Hace rato que no lo hago, pues hace
rato que no vuelvo a mi pueblo, y créeme querido lector que en ésta gran ciudad
(Medellín) no lo puedo hacer, a menos que vaya y me trepe a uno de los cerros
tutelares a las 12 de la noche, pero no estoy tan loco, todavía quiero
conservar mi integridad física y emocional, no quiero que me roben. Desde el
lugar donde vivo tampoco lo puedo hacer, pues si salgo y lo hago me esperan dos
posibilidades, la primera es un gran fracaso en mi concentración, pues la
carrera de los individuos y sus máquinas poco ecológicas con chiflidos azarosos
no me permitirían alcanzar la cúspide del cielo con mi imaginación. La
segunda, es que en medio de mi meditación, una gota de agua poco dulce
me despierte y me haga querer bañarme afuera para luego contraer un resfriado.
Me fascina caminar, aquí siempre lo hago, en el recorrido de
mi casa a la universidad y de la universidad a la casa. He encontrado placer en
caminar si destino ni razón, pues caminando es cuando descubro mis
incomodidades y desalientos, mis disgustos. Sin embargo, desvelo también mis determinaciones,
razones sin juicio para la mayoría que en lugar de pensar cuando caminan,
caminan por inercia mientras hay en sus oídos una serie de letras con patrones rítmicos
y sus pies llegan al destino sin reducir sus horizontes a la dirección de la
vista.
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