domingo, 23 de octubre de 2016

No ser es ser algo más


Provengo de Apartadó, el lugar donde hasta el calor te quiere, y por eso te abrasa. Al igual que muchas personas, cada palabra que conforma mi nombre completo esconde una historia, pero mi caso sigue siendo particular y advierto entonces que me limitaré a esbozarlos. En Apartadó, zona bananera de Colombia, adherida al departamento de Antioquia, región urabaense que ha pensado y pedido su independencia a raíz de la negligencia y egoísmo de la capital (Medellín), es muy común registrar a los hijos con el nombre de un familiar fallecido en un tiempo relativamente poco (en caso que fallezca uno, pues de lo contrario, solo se procede a rebuscar un nombre), y “casualmente” es el segundo nombre donde se encaja. Así, David fue un hermano de mi madre, asesinado a causa de la violencia que ha sabido azotar a la entonces triste región del Urabá. ‘Acosta’ proviene de la costa, del departamento de Córdoba, por lo menos el nuestro (apellido). La familia de mi papá es principalmente de dicho lugar, aunque en Bolívar se inicia la ascendencia cercana.

Por el lado materno, debo decir que el ‘Jiménez’ parece ser muy paisa, no obstante ese término en mi extensa familia es tan útil y pragmático como las patadas de un ahogado. Mi abuela materna y todo lo que hubo antes de ella fue patente del Chocó. Hemos sido criados como un híbrido entre los costeños y los chocoanos, lo cual se dibuja en nuestra comida, gustos, estilos de vida, concepción de la vida misma y de la familia. Nos gusta desayunar pescado y comer patacones, ojo con plátanos y bananos de la zona (no esos que salen del Quindío), comemos arepa cuando cocinar nos da pereza, chontaduro, coco y pato, cuando se nos antoja, la playa es nuestro destino fiel, el río siempre aguarda los festivos, las fiestas se organizan sin una razón propia de festejo ni permiso, los sancochos se preparan en fogón de leña en plena calle y el vallenato, la salsa, el bunde y el bullerengue nos hacen bailar sin necesidad de estar de pie.

Es preciso reconocer que los que pertenecemos a las dos últimas generaciones de mi familia, no somos costeños ni chocoanos (aunque tanto lo queramos), tampoco nos consideramos paisas por el hecho de pertenecer al departamento de Antioquia. Preferimos llamarnos urabaenses o antioqueños, una mezcla no homogénea que permite que en una zona tan pequeña se encuentren más de tres acentos.  

Esta entrada ha sido muy especial, y he querido compartir concretamente una de las razones por las que pienso que ser antioqueño no me hace necesariamente acreedor de la cultura paisa, pues pensar de esta manera me ha hecho incluso recibir quejas y agresiones verbales –¡Separatista! ¡Regionalista!- por mencionar las más decentes, provenientes de conversaciones ("diálogos pacíficos") en la que yo solo expongo mi punto de vista cuando me preguntan. No voy por la vida con un reflector que dice: “¡Oye, no soy paisa!” aunque no tengo problema alguno con ser uno, es solo cuestión de principios (génesis).


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