Una gran población (de individuos) ha afirmado a partir de
sus relaciones que todos merecen una segunda oportunidad. Dichos ideales van
trascendiendo la razón y terminan por transgredir lo que en principio con ayuda
de la televisión, los libros y demás artefactos se había instaurado como
filosofía personal. Como el clima de esta ciudad, por un momento todo cumple
las expectativas del ciudadano promedio: tranquilidad. De repente, se tuerce el
pacifismo que aclamaba la luz del sol tan solo para entablar una estrecha
relación con los rayos que paren un trueno anunciando vehementemente que el mal
está por venir. Allí, declaran que no a todos se les concede una segunda
oportunidad.
Lucía es un poco ingenua, más bien tonta. No sabe qué es
enamorarse, así que se confunde entre el aprecio que tiene por alguien que le
regala una barra de chocolate y el agradecimiento hacia un cajero que le sonríe
y la saluda porque así lo exige su contrato. Sí, es tonta, pero excelente
nieta. Aunque ha tenido tres novios, ha descubierto que nunca se ha enamorado.
No es tan tonta, al parecer. Afirma que cada novio era la representación
fidedigna de la carencia filial que la había desgraciado.
El primer novio era una especie de abuelo materno, aquel que
la llamaba ‘mijita’ y nunca salía a bailar a discotecas porque su religión no
se lo permitía. Las ganas no eran su problema, por el contrario, se sentía
culpable de solo pensar que podría besarla en la boca sin enfrentar de cara las
consecuencias y castigos por parte de la absurda iglesia al que estaba
sometido. El segundo, era como un hermano menor con condiciones cognitivas nada
favorables, siendo ella la que se encargaba de cuidarlo incluso desde la
lejanía que tanto la absorbía. Era probable que la única preocupación que
poseía fuera que alguna vez su novio prefiriera los cuidados de una enfermera
sensual y se olvidara de su ‘bonita relación’. El último, el tercero, era como
el padre que solo tuvo en su registro de nacimiento y que la maltrataba por no
querer acostarse con él. La pobre Lucía creía que era normal que un padre
golpeara a su hija a causa de la desobediencia, razón con algo de zozobra que le
impedía separarse de su más ‘fiel’ figura paterna.
La abuela de Lucía, una señora perspicaz con cataratas,
conocía cada relación de su nieta y la castigaba con tardes de discursos de
vida a sabiendas de que quizá no encontraría por lo menos un hombre que no
intentase aprovecharse debido a su escasa voluntad. Así, siempre le decía: “hay
relaciones que es mejor dejarlas en el recuerdo, y tú sí que tienes qué
recordar. La vida te da oportunidades, y no es una opción saber aprovecharlas.
Imagina, es como el libre albedrío que nuestro señor nos da. Tenemos la facultad
de saltar y dedicar nuestra vida al cumplimiento de los placeres, pero al final,
igual nos han de castigar por no hacer lo que debíamos y lo que tú debes hacer ahora
es enamorarte de ti para poder ser capaz de querer a alguien más”. La chica,
que entendió solo la mitad de la homilía de su abuela, tardó treinta años en
comprender el amor profesado a sí misma y se enamoró de la muerte cuando esta
le prometió serle fiel para toda la eternidad.
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