domingo, 16 de octubre de 2016

El día que Lucía se enamoró


Una gran población (de individuos) ha afirmado a partir de sus relaciones que todos merecen una segunda oportunidad. Dichos ideales van trascendiendo la razón y terminan por transgredir lo que en principio con ayuda de la televisión, los libros y demás artefactos se había instaurado como filosofía personal. Como el clima de esta ciudad, por un momento todo cumple las expectativas del ciudadano promedio: tranquilidad. De repente, se tuerce el pacifismo que aclamaba la luz del sol tan solo para entablar una estrecha relación con los rayos que paren un trueno anunciando vehementemente que el mal está por venir. Allí, declaran que no a todos se les concede una segunda oportunidad.

Lucía es un poco ingenua, más bien tonta. No sabe qué es enamorarse, así que se confunde entre el aprecio que tiene por alguien que le regala una barra de chocolate y el agradecimiento hacia un cajero que le sonríe y la saluda porque así lo exige su contrato. Sí, es tonta, pero excelente nieta. Aunque ha tenido tres novios, ha descubierto que nunca se ha enamorado. No es tan tonta, al parecer. Afirma que cada novio era la representación fidedigna de la carencia filial que la había desgraciado. 

El primer novio era una especie de abuelo materno, aquel que la llamaba ‘mijita’ y nunca salía a bailar a discotecas porque su religión no se lo permitía. Las ganas no eran su problema, por el contrario, se sentía culpable de solo pensar que podría besarla en la boca sin enfrentar de cara las consecuencias y castigos por parte de la absurda iglesia al que estaba sometido. El segundo, era como un hermano menor con condiciones cognitivas nada favorables, siendo ella la que se encargaba de cuidarlo incluso desde la lejanía que tanto la absorbía. Era probable que la única preocupación que poseía fuera que alguna vez su novio prefiriera los cuidados de una enfermera sensual y se olvidara de su ‘bonita relación’. El último, el tercero, era como el padre que solo tuvo en su registro de nacimiento y que la maltrataba por no querer acostarse con él. La pobre Lucía creía que era normal que un padre golpeara a su hija a causa de la desobediencia, razón con algo de zozobra que le impedía separarse de su más ‘fiel’ figura paterna. 


La abuela de Lucía, una señora perspicaz con cataratas, conocía cada relación de su nieta y la castigaba con tardes de discursos de vida a sabiendas de que quizá no encontraría por lo menos un hombre que no intentase aprovecharse debido a su escasa voluntad. Así, siempre le decía: “hay relaciones que es mejor dejarlas en el recuerdo, y tú sí que tienes qué recordar. La vida te da oportunidades, y no es una opción saber aprovecharlas. Imagina, es como el libre albedrío que nuestro señor nos da. Tenemos la facultad de saltar y dedicar nuestra vida al cumplimiento de los placeres, pero al final, igual nos han de castigar por no hacer lo que debíamos y lo que tú debes hacer ahora es enamorarte de ti para poder ser capaz de querer a alguien más”. La chica, que entendió solo la mitad de la homilía de su abuela, tardó treinta años en comprender el amor profesado a sí misma y se enamoró de la muerte cuando esta le prometió serle fiel para toda la eternidad.   

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