domingo, 28 de agosto de 2016

Si puedo leerlo, puedo imaginarlo


Suele sucederme que cada vez que veo un libro cuya portaba resulta agradable a mis sentidos, me invaden las ganas de comprarlo o incluso tomarlo sin que nadie se entere. Imagino un lugar fresco, preferiblemente donde pueda escuchar el suave recorrer del agua, luego sentarme, leer lo que sea que haya adquirido y no ponerme de pie hasta haber rumeado el último punto que anuncia el término del libro. Bien, esto no pasa. No me considero un lector juicioso, tampoco tengo un hábito esporádico. Aunque no tengo espacios, no me gusta leer en cualquier superficie. Solo exploro la posibilidad de leer lo que me gusta, me atrae y recomiendan. Esta última es la menos probable, debido a los intereses de quien lee y sugiere.

Mi propósito aquí es comentar por qué realicé esta entrada. Pues nada, aquí tienen. No fue un día como hoy, y no sé cuándo fue, solo recuerdo que estaba en mi casa sentado frente al televisor prestado que reposa en mi habitación esperando que se hiciera más tarde para poder dormir. De repente, sale saltando del TV un programa en el que informan situaciones que atañen a nuestro país, con algunos testimonios, claro. Esa noche, era el turno de un escritor sonsoneño (Carlos Framb) que había asistido la muerte de su madre, pues esta quería regalarse a sí misma una muerte digna en vista de que ningún hospital o clínica lo iba a hacer. Entre otras cosas, menciona los problemas legales que tuvo por eso y las acusaciones por parte del gobierno, vamos, que en otros términos él era un homicida. Por su parte, la entrevistadora alude el libro que el señor Framb había escrito contando la relación con su madre y todos los prolegómenos sobre su suicidio o como bellamente dice “partir, emigrar”. El caso estuvo muy interesante, pero no le presté atención a lo que realmente debía: el nombre del libro.

En vista de que desconocía el nombre del capítulo de este programa, fue muy difícil volver a él. Pasó casi un año tratando de recordar el nombre de ese señor. En cada intento, solo pensaba en una fruta, y en mi mente se conjugaban palabras sin resultados exitosos. “Cerezas”, “fresas”, o “piñas” y “mangos” cuando ya me enojaba. Apuesto que el lector no se interesó por buscar el significado de la palabra prolegómenos. No sé el lector, pero tengo la particularidad de recordar aspectos de mi vida en un espacio que no tiene nada que ver con la remembranza, sin importar cuánto tiempo haya pasado, y sin siquiera incitarlo. Y así fue, vino a mí como un rayo de luz el término Framb. Quizá, sí haya alguna relación íntima entre el lugar y el recuerdo, pero soy muy flojo para hacer regresiones. Inmediatamente supe qué me estaba diciendo mi mente y anoté para luego indagar. Carlos Henao Alzate, quien cambió su apellido por una especie de apócope de la palabra Frambuesa, era la persona que había buscado por tanto tiempo, y que por fin mi mente atisbó.

Procedí a buscar el libro en la biblioteca de la Universidad y en efecto logré conseguirlo. No lo pude leer al instante, pues alguien ajeno a mi saber lo había prestado. Pero estaba feliz, sí señores, por fin iba a conocerlo. Actualmente está conmigo, lo leo todos los días, y me devuelvo si lo creo conveniente, pues no es la mera historia de un hombre que “suicida” a su madre por propio amor. Me hace reflexionar mucho sobre el gran afecto que se puede tener por la madre, por esa negrita preciosa que bien reprende para corregir y enseña también a vivir sin ella. No recuerdo los muertos que no me duelen, pero me duelen los muertos que no conozco. He sentido el dolor expresado en el libro; comprendo que la muerte trasciende lo físico y se expresa en el olvido, y se expresa sin explayarse. Nada dura para siempre, decían los de Guns N’ Roses y el señor Framb con su Del otro lado del jardín lo invoca tanto en la ausencia de su madre, como en otros aspectos: una iglesia, los amigos, la estancia.



domingo, 14 de agosto de 2016

La memoria en el habla


Hasta ahora puedo decir que mi curiosidad propende a escuchar todo lo que ha acontecido a mi familia. Por familia, no me refiero solo al núcleo al que pertenezco, sino a todo lo que viene en caída libre desde mi abuela materna. Muertes insuperables, tragedias, soledades; todo un cuento que ha permitido crear tardes caseras valiosas pero finitas donde las conversaciones descubren debilidades y desbordan la fuente de la memoria. Aquella memoria, perpetúa los recuerdos mediante palabras y explora en el pasado sin importar el paso del tiempo, el sesgo del recuerdo o incluso la sugestión de quien relata.

Imagino todo lo que cuentan. Imagino y visualizo en mi mente tratando de recordar el momento en cuestión como si yo hubiese sido parte de ese pasado. También veo a las personas con un aspecto físico más joven, cuya capacidad es procreada a partir de las fotos que han pasado por mis manos y en la cual están representadas tales personas. Las visualizo en blanco y negro la mayoría de las veces. Otras, a color, pero no tan nítido.



Es acto especial y bonito poder sentarme a escuchar las diversas situaciones que acaecieron a mis ascendientes lejanos y cercanos. Poder preguntar por qué una cosa, y por qué tal otra, qué hubiera pasado si… y suspenderme del mundo exterior concentrándome en las respuestas, me ha ayudado a inferir los resultados y estados actuales de algunos miembros de mi familia numerosa. Tanto así, que me ha entrado el afán de realizar una especie de libro que contenga la biografía de cada miembro, o bien un árbol genealógico mientras tenga la posibilidad de hacerlo, y antes de que estos –incluso yo-dejen de soñar. Por ahora tengo ideas, mas no sé cómo trascender la creencia de que cada hoja es una persona, o encontrar una metáfora innovadora para evitar precisamente que cada hojita perezca y sea llevada por el viento.   

domingo, 7 de agosto de 2016

Polifonía en el habla, y escucha en la música



Esta semana conocí a alguien que me sorprendió muchísimo por sus gustos musicales. Obviaré su nombre, y me limitaré a describir la emoción que sentí al encontrar (sin buscar) una persona con preferencias musicales casi exactas a las mías. Por casualidad, o mero capricho de quien maneja el universo, estuvimos ubicados en el mismo lugar y a la misma hora para hablar de los grandes ídolos del rock Argento. Sí, Argento, con mayúscula y añadiendo fuerza en la entonación. Ella tan zafada escuchando a El Flaco (Luis Alberto Spinetta) y yo con ganas de acercarme a preguntarle el nombre de la canción que hace muchísimo tiempo había escuchado en la radio y que había estado buscando pero que no recordaba nada más que el ritmo genial. No lo pensé más y decidí abordarla de manera directa e indiscreta. De nacionalidad argentina y acento porteño, replicó inmediatamente mi saludo mientras disminuía el volumen. Yo no se lo permití, pues era esa la razón de mi “¡Hola!” disparatado.



El sentido de este ejercicio es resaltar un momento en el que cualquiera de las cuatro habilidades comunicativas se haya convertido en motivo de escritura al final del día, y siguiendo las instrucciones, yo decidí irrumpir en este espacio un tanto finito para publicar la suerte que tuve al escuchar la canción ‘Bajan’ de manos de una ‘Muchacha’ argentina con ojos de papel y con ‘Alma de diamante’. Mientras hablaba, yo solo observaba que ‘Ella también’ se apasionaba al escuchar cualquier cantata de Spinetta. Sin embargo, no se limitó a hablar de él, y yo tampoco, claro. Mientras conversábamos sobre diversos grupos y artistas, yo no solo descubría más y más canciones para mi vida, también comprendía por medio de sus palabras que la música está fraguada por acontecimientos reales, sufridos y cotidianos, y cada letra puede evocar el sentimiento más oscuro y oculto, o simplemente aliviar y convertir en efímero un dolor.


De izquierda a derecha (Charly García, Gustavo Cerati, Fito Páez)





Spinetta (El Flaco) en 1974, con su estilo peculiar.


Un cantante unió nuestras almas por un breve instante, y ese cantante sucedió el diálogo entre Charly García, Cerati, Soda Stereo, La Franela, Los Fabulosos Cadillacs y otros menos importantes, pero que valen la pena. Todos en común la nacionalidad -argentina-, cada uno con algo por contar y preparados para ser escuchados al mejor estilo de dos amantes prudentes del rock argentino.



domingo, 31 de julio de 2016

Hablar para persuadir



Esta semana descubrí que como buen colombiano olvido con mucha facilidad los problemas y momentos incómodos de mi vida. Olvido que alguien le ha hecho daño a mi corazón (o a mi hígado, o a mi cerebro, debo resolver esa incógnita) y simplemente paso por alto las ofensas. No suelo leer la Biblia ni puedo afirmar ser un buen cristiano, pero sí puedo decir que he tomado el sagrado libro de las escrituras en varios momentos de mi vida y he encontrado respuestas que por supuesto he estado buscando y así he podido comprender muchos aspectos de la realidad misma y de aquella que vive cada persona en su imaginación y en el contacto con sus semejantes. De las cosas más hermosas y geniales que expone la Biblia, resalto la de pasar por alto las ofensas, y realmente no tuve que leer eso antes para aplicarlo, solamente reafirmé la importancia de este acto muy común en mí.

Las relaciones humanas no son fáciles, y más si solemos elegir con qué complicarnos la existencia. No en vano muchos prefieren a un gato o a un perro como compañía, ya que estos no necesitan del habla para demostrar sus sentimientos y tampoco hacen más difícil lo que comúnmente denominamos relaciones. En este caso no serían relaciones interpersonales, es más chistoso llamarle ‘relaciones interanimales’. Quizá para mí sea más fácil calmarme, reflexionar y perdonar antes que odiar y no permitir un diálogo que posiblemente trascenderá la condición de humanos. Recuerdo que alguien una vez me dijo que escuchar es peligroso, pues te pueden convencer, y justo fue esto lo que me sucedió.




Un buen amigo me mintió sin necesidad alguna (para mí, claro) y me involucró en una situación relacionada con dinero robado de la que yo no tenía ni la más mínima idea. Yo descubrí su red de verdades ficticias por medio de un chat pero no hice ningún reclamo ni emití quejas, eso se lo dejo a las novias feas. Además, me costaba creer algo tan surrealista y decidí esperar a que me contara todo. Él se encargó de elaborar una serie de juramentos que no permitieran una mal-interpretación de mi parte y me dijo que tuvo que “mentir un poquito” para quedar bien ante sus padres, y que por supuesto, yo no tenía nada que ver, que él solo estaba jugando para que la gente no preguntara tanto. Luego, me explicó emocionado que sus padres estaban conscientes de que el dinero dado por ellos sería destinado para un proyecto/negocio de la Universidad. Yo le creí, total, no obtenía beneficios ni pérdidas de ese “negocio” mal fundado. 

Su imagen es muy importante, o al menos eso piensa el pobre. Casi tres meses después, su mamá me preguntó qué había hecho con el dinero. Me quedé en blanco. Resulta ser que el susodicho se atrevió a robar a sus propios padres argumentando que el dinero era para una deuda mía y que yo no sé qué cuentos más. Al ver que yo no pagaba “el dinero que me habían prestado” la madre se atrevió a preguntarme un poco disgustada para luego resolver que solo habían prestado cierta cantidad de dinero porque tenían más confianza en mí que en su propio hijo. Aquello se debía a la falta de comunicación en su relación familiar, lo cual es triste y vergonzoso. Ellos son solo cuerpos que habitan la misma casa. 

sábado, 30 de julio de 2016

NO LEAS, ES PRIVADO.




Al iniciar este blog, pensé inmediatamente en darle un nombre agradable. Por supuesto, la subjetividad hizo de las suyas y surgió algo llamado EspacioHELE. Tal espacio se resume en las iniciales de las cuatro habilidades comunicativas propias del Hombre: Hablar, Escuchar, Leer y Escribir. No soy muy creativo, debe saberlo usted mi buen lector, mas hago lo humanamente posible por no caer en simplicidades ni ser redundante, aunque esto no significa que no lo haga. Este es un espacio que no tiene mucho que ver con el cosmos, no se confunda usted. Solo intento prolongar en el tiempo una historia semanal que se alterne con alguna de las habilidades antes mencionadas o bien con todas, ¿por qué no? Siéntese, pero no se canse, léame sin agobiarse y disfrute de lo que hoy traigo para usted. Por cierto, mi nombre es Duván, estoy próximo a cumplir dos décadas, y soy estudiante de la Facultad de Educación de la Universidad Pontificia Bolivariana, sede Medellín.